sábado, 17 de octubre de 2009

Subjetividad e Infinito

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El tema del Infinito me parece una afortunada ocasión para dirimir la equivocada tendencia de los científicos e intelectuales a tratar los asuntos de la subjetividad con las categorías propias de la objetividad. Y cuando hago la afirmación anterior, con la que pretendo aclarar situaciones paradojales, quiero precisar que por “subjetividad” me refiero al mundo fenoménico que exhala su realidad a partir de las vivencias del Sujeto, en tanto que al decir “objetividad” me refiero al mundo fenoménico que engloba todos los eventos que acaecen al transcurrir de los Objetos.

Hay una gran diferencia entre la dimensión del Sujeto y la del Objeto, no creo que sea correcto utilizar la palabra “contraste” para identificar mejor esta diferencia, sin embargo creo que esta diferencia puede quedar claramente delimitada por los adjetivos que he utilizado al principio. Es decir que existe una dimensión del Sujeto, y otra, la del Objeto.

En principio la dimensión del sujeto alude a un mundo que no se encuentra fuera de la potencia cognoscente o del mundo mental de la persona que lo vive, en tal sentido la vivencia de la subjetividad es eminentemente privativa del individuo que la experimenta. Fuera de él, su subjetividad no existe, es irrepetible; puede ser vista por otro individuo a través de las manifestaciones que él pueda o quiera manifestar, pero de ninguna manera, jamás, nunca nadie podrá observar su subjetividad desde dentro de él mismo… nunca nadie tendrá acceso a su subjetividad por ningún otro que no sea él mismo…

Es distinta la suerte que se configura para los objetos en la dimensión que legítimamente les corresponde: la dimensión del objeto. En este caso los objetos son pasibles de ser puestos en una especie de vitrina, a vista y paciencia de todos, y sobre todo a vista y alcance del escalpelo de la observación de todos aquellos que arrobados por el deseo de estudiarlo, decidan asirlo mediante el recurso de su propia intelección… Equivale pues esto, a decir que cualquier objeto es susceptible de ser colocado en una arquetípica mesa de laboratorio para ser sometido a la observación y experimentación de cualquiera individualidad interesada en desmembrarlo y descifrarlo cognitivamente. Y esto es así por que el mundo del objeto siempre habrá de vivirse eminentemente desde la perspectiva exterior al propio objeto y en consecuencia siempre podrá ser visto por cualquier potencia cognoscente ajena a él mismo…

La anterior digresión sienta pues la principal diferencia que delimita las dimensiones de los sujetos y los objetos: La vivencia de la subjetividad, que es absolutamente privativa de la experiencia y conocimiento del propio sujeto, y la vivencia de la objetividad, que por el contrario, consiente su apropiación a la experiencia y conocimiento colectivo de los sujetos. Nadie en el mundo, ningún ser humano, ha sido o es capaz de vivir los fenómenos subjetivos que acaecen en la singularidad [1] subjetiva de alguna persona.

Luego de las aclaraciones antecedentes, pues, volvemos al tema del infinito. Siempre se ha tenido la pretensión de interpretar el tema del infinito desde la perspectiva propia (y equivocada) de la objetividad. Jorge Cantor dedicó un ingente esfuerzo matemático a estudiar el infinito pero tomando a éste siempre como si de un objeto se tratara, quiso ver pues en las propiedades de las series y sucesiones matemáticas las propias relaciones emanadas desde los campos numéricos. Obviamente los números, vistos como abstracciones tomadas a partir de los objetos físicos, son susceptibles de ser estudiados con las categorías utilizadas para interpretar objetos, situación que de ninguna manera puede tener vigencia o validez para abordar el estudio del infinito.

En mi concepto, el infinito no representa ninguna cantidad[2]. No representa tampoco una tendencia cuyo desarrollo se dirija a representar un aumento imparable e inevitable de la cantidad (que sería la interpretación más plausible a dársele desde una óptica netamente cuantitativa)… Nada de eso, ya que en la naturaleza física ningún fenómeno cuantitativo tiene una rigurosa equivalencia con la idea de infinito.

Existen indicios que permiten colegir que la noción de infinito deviene, más bien, de la dinámica en que funciona la maquinaria mental del sujeto. Dinámica ésta que constituye, dentro de los predios fenoménicos de la subjetividad, la responsable directa de construir los números con que los sujetos piensan y manipulan las relaciones cuantitativas (lógico-matemáticas). Bajo la sugestión que busco compartir en el presente artículo, postulo que la aparición del infinito en nuestra mente aparece como un subproducto de la dinámica mental del sujeto

La particularidad de los números, de ser infinitos, es muy posible que se conteste por la dinámica con que los números son producidos por la conciencia… Los números para ser producidos aprovechan la dinámica de giro descripta por la conciencia y precisamente, en el mecanismo de cómo se articula el giro es donde la génesis de un número “n” arrastra inexorablemente la génesis del subsiguiente “n+1”… Algo así como que el número n+1 es un subproducto inevitable y subsiguiente de la formación del número n…

Es decir que la plena comprensión del infinito no debe inferirse exclusivamente a partir de la observación “objetiva” de las series y sucesiones numéricas, sino que el estudio riguroso del infinito tiene que encaminarse a la exploración de la subjetividad, esto es, a cómo el sujeto genera y manipula los números en su propia conciencia.


[1] Las nociones de Infinito y Cero no representan cantidad alguna, sin embargo hay que precisar que el cero en nuestros sistemas matemáticos representa la ausencia de cantidad, lo cual claramente implica una connotación netamente cuantitativa. Así, bajo el mérito de la cantidad, atributo fundamental de los objetos, el cero es perfectamente procesable por la matemática a ultranza y que, dicho sea de paso, hoy por hoy es la que predomina en los medios académicos y científicos (la matemática cuantitativa).

[2] No hay que perder de vista que el mundo subjetivo de toda persona consiste en una propia Singularidad, en un centro de coordenadas que, en tanto el individuo se encuentre vivo y en pleno uso de sus facultades mentales (conciencia), se constituye en un punto de referencia absoluto y en torno al cual se organiza y estructura todo el universo. Cabe notar a este respecto la total relación de complemento entre el adjetivo Singularidad utilizado en el argot de la física cuántica y el adjetivo Singularidad que aquí se está postulando para contribuir a establecer las categorías interpretativas de una nueva ciencia metafísica.